Acumulación por desposesión, otra dimensión interpretativa de la delincuencia y drogadicción en Hermosillo

Luis Roberto Moreno

Siempre he disfrutado de caminar por las noches. Me parece un ejercicio físico, emocional e intelectual bastante efectivo, ya que genera un momento a solas para ordenar las cosas que suceden en la vida. No puedo decir, mentiría si lo hiciera, que antes podía hacerlo con seguridad y de una noche para otra dejé de hacerlo. Pero sí que he percibido, quizás en los últimos dos años, un decremento paulatino de los lugares donde me sentía con seguridad al hacerlo. Así como también en la libertad de dejar las puertas de mi casa abiertas y otras cosas por el estilo.

Esto como influencia de un incremento, ese sí repentino, del estereotipo de las personas consumidoras y adictas a la droga cristal: delgados, cuerpo y ropa sucia, caminar acelerado y generalmente cargando chatarra. Así como de su asociación directa con actos delictivos y más recientemente, violentos.

Llevo tiempo de pensar, cada vez que veo a una persona en ese estado, en qué es lo que sucede. Y quizás, por el hecho de comportarme como quien observa un abismo y crea suposiciones de lo que hay por temor de asomarse en él, ni siquiera me acerque a una respuesta clara y certera. Pero conservo la fe en que algunas ideas que desarrollo por lo menos tengan la utilidad de que quien me lee pueda atisbar otras dimensiones sobre este problema que vayan más allá de la constante falta de valores de la que hablan los medios conservadores o los discursos y actos viscerales de odio que han empezado a realizar los habitantes de la ciudad contra estas personas. Actos totalmente comprensibles si se es empático o se ha sido víctima y se considera el sentimiento de furia que puede ocasionar el despojo repentino de lo que ha costado esfuerzo ganar y por ende nos pertenece.

Se trata pues, de entendernos desde lo más elemental, como otro animal más del planeta que siente necesidades y las satisface de su entorno en función a sus posibilidades de actuación. En ese sentido, cabe la preguntarse cómo es que se puede hablar de valores cuando existe una escasez creada de lo más elemental para la existencia humana.

Somos seres biológicos, y como tales, antes que la razón, nuestra vida se encuentra condicionada por sensaciones de dolor, hambre, sed, frío, calor, cansancio, etc. Las cuales nos alertan de cierta susceptibilidad frente al entorno físico.

Lo axiológico, los llamados valores, corresponden a una constitución histórica de coacciones que interiorizamos mediante la socialización temprana en el juego, la familia, iglesia y/o escuela. A las cuales asignamos un valor de carácter binario. En positivo o negativo: correcto-incorrecto, feo-bonito, agradable-desagradable. Estas autocoacciones que, desde la perspectiva de Norbert Elias constituyen la civilización, o la llamada racionalidad axiológica desde Max Weber, funcionan como estructuras cognitivas que, al limitar nuestro comportamiento, le dan permanencia y estabilidad tanto a las prácticas como a las estructuras sociales: desde los modales en la mesa, la privacidad o la higiene, hasta las relaciones de dominación en el trabajo productivo y/o reproductivo.

En síntesis, somos seres con necesidades biológicas a las cuales respondemos en relación a un marco de posibilidades socialmente construidas dentro de las cuales tendemos a optar por las que resultan socialmente aceptadas, ya que de lo contrario nos arriesgamos a una penalización social y/o jurídica.

Así las cosas, en el consenso entre lo biológico y la razón se encuentra la armonía del individuo que se manifiesta en sus interacciones cotidianas con la sociedad. Pero, ¿qué sucede cuando una supera a la otra?

La posición que aquí defiendo es que, como lo observó el teólogo Orígenes, lo natural se antepone a lo arbitrario. Que aquí se puede ejemplificar como que el hambre, en la versión más intensa o insoportable que pueda experimentar una persona, tiende a trascender sobre las formas socialmente aceptadas de ingerir o conseguir los alimentos.

En este sentido, tratándose de personas adictas, y posiblemente en situación de marginalidad y exclusión económica que han generado una dependencia psicológica y biológica a determinadas sustancias, y la cual se manifiesta en malestares emocionales y físicos los cuales, debido a los bajos ingresos que reciben, deciden realizar prácticas que no son socialmente aceptadas para acceder a lo que parece la única solución que conocen para aliviar sus malestares: la misma droga.

Si bien esto no puede justificar sus actos, ya que no dejan de causar un daño a otra parte de la población, si se reflexiona, por lo menos puede abrir la posibilidad de que nosotros, en una situación similar, haríamos lo mismo. Quizás no por drogas, pero sí por agua, alimento, combustible, medicamentos o refugio. Más si consideramos nuestro contexto. Desde hace cinco sexenios presidenciales, las leyes se han modificado en detrimento de los recursos naturales, las comunidades rurales y los trabajadores con el fin de convertir al México en un país atractivo (rentable) para los capitales extranjeros. Más de veinte años de privatización de recursos comunitarios en zonas rurales para el desarrollo de la agricultura intensiva y la mega minería, actividades que ocupan -a la vez que contaminan- grandes cantidades de tierra y agua para operar y exportar sus productos, lo que hace escasear los recursos en las zonas donde operan y, como consecuencia, elevar sus costos.

Por otro lado, el abandono institucional a los trabajadores, que se manifiesta en bajos salarios y reducción en garantías como la salud, aunado a los precios elevados de los recursos más básicos como el agua y la energía, y las enfermedades provocadas por la contaminación industrial, vuelve la vida más insostenible. En el documental sobre la droga cristal realizado por el gobierno del estado, algunos testimonios señalan que decidieron consumir la droga para resistir las horas extras en el trabajo. Se menciona eso, mas no que los salarios de los trabajadores no resultan suficientes para sus gastos, y tienen que aumentar su jornada laboral.

¿Y qué sucede con un trabajador que se vuelve adicto? Probablemente por las políticas de la empresa, y los amplios ejércitos de reserva laboral, decidan despedirlo, y por su condición de adicto se le dificulte encontrar otro empleo, quedando así excluido de las relaciones económicas existentes. La exclusión de las relaciones económicas, en este caso capitalistas, les hacen integrarse al submundo de la periferia económica, donde realizan actividades consideradas por el sistema económico como de poco valor productivo, entre ellas, limpiar autos, parabrisas, barrer banquetas, quitar maleza de terrenos, recolectar chatarra para venderla a recicladoras y, en situaciones más extremas, el robo o el asalto.

En este contexto, la exclusión y la desposesión se manifiesta en distintos niveles, o dimensiones, pero por su carácter estructural, tienden a un comportamiento exponencial que comienza con el detrimento de nuestras condiciones materiales para concluir en aspectos subjetivos como nuestra ética y valores, o nuestra seguridad. En conclusión, todos estamos inmersos en un paradigma civilizatorio donde la lucha por recursos escasos se ha hecho cada vez más cotidiana, y la cual nos expone a que en situaciones extremas nos orille a realizar actos socialmente no aceptados y dañinos con el fin de conseguirlos.

La cuestión es, un poco parafraseando la canción de Blowing in the wind, cuánto más nos dañaremos para darnos cuenta de que la abundancia está en la naturaleza y la riqueza que generamos nos pertenece a nosotros y no existe un verdadero motivo para competir por ella. Hasta entonces, nos seguiremos poniendo en riesgo como especie.

 

 

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