Aarón

Ilustración de Clotilde López

L. Carlos Sánchez

Y no te das cuenta cuánto amas hasta que la muerte te lo dice al oído. Y es entonces que las imágenes son cuchillos de feria, se intercalan en el movimiento de las luces y sonidos, se agolpan una y otra, desde la memoria. Y es entonces que no dejas de invocar su mirada de nostalgia, taciturna, como si temiera romper la armonía de la luz.

Lo constatas y hay un dolor agridulce. Por inercia te sostienes de las frases que se quedaron dentro, la petición de un libro, un objeto, la existencia de una bicicleta en la infancia, ese baile improvisado con la más desparpajada cadencia.

Recurrir al pasado, los años de andar las calles de tierra, a marcha forzada, porque lo miras con las mangueras que penden de un cinturón sobre su cuerpo, y baja hacia los zapatos especiales, porque le han dicho los especialistas que de no tratarse la complejidad en la columna quizá una silla de ruedas sea su futuro.

Y ahí estás, entendiendo que sí se apersonó el amor, que lo tuvo desde niño en la atención de pañales y un biberón, que fue feliz mirando fijamente hacia el mezquite y las palomas, que se armó de útiles y en la mochila la esperanza se enfiló a sus clases matutinas, que después volvió a la casa adonde un plato de sopa esperaba por él.

Te das cuenta del amor cuando te dicen que ya no está, que solo la memoria nos dirá su nombre, que solo en el recuerdo miraremos su rostro estético, su mirada de paz. Y empieza uno a recriminarse, a saber el tamaño de incomprensión que poseemos para con los otros, que no somos capaces de entender lo deshabitado que es un corazón cuando los abrazos se tornaron distantes, imposibles, sin explicación de los porqué.

Un chirrido en la mente cae, es el ritmo de las piernas encima de la baica, la estrella en el centro rubrica vida, el saber que ondeó los callejones con su cuerpo suspendido, que encontró vida, que nos dijo la querencia desde su silencio. Y entonces su nombre se vuelve una roca contra las sienes, y pronunciarlo es traerlo a con nosotros, saber que estuvo, que estará siempre, en el efecto de invocarlo.

Mirar la herencia que nos legó, esos niños que son su vivo retrato, aspirar a la posibilidad de conocerlos y abrazarlos, saber que están allí como una extensión de su existencia. El amor que siempre dijo porque la madre de esos niños nos lo ha dicho. La esperanza más feliz porque sabemos que esos niños lo hicieron feliz.

El cómo fue, el cómo ha sido, el para qué, el por qué, una necedad. Lo importante es saber que su paso por los días nos tocó de querencias, que hicimos proyectos y asaltamos un parque, miramos caballos y jinetes, reímos detrás de un balón.

Me lo contaron ayer y entonces supe que uno no sabe cuánto ama hasta que la muerte lo susurra al oído. Porque ya no está, porque siempre se guardó el día siguiente, en la esperanza del reencuentro, porque seguimos creyendo que la vida generosa nos dará la oportunidad del abrazo otra vez.

Y resulta que no. Resulta que solo quedan las palabras para decir que un día… Te abrazo siempre querido Aarón.

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