A fulanita de tal y otras ausencias, a propósito de la poesía valiente

Por: Miguel Ángel Aispuro

Imaginen un ángel, la aparición de un ángel, en toda su gloria y majestad. Imaginen la luz cegadora, los truenos, el rostro velado por jirones de nubes. Imaginen el terremoto de su voz y su lengua incomprensible.

Imaginen el resplandor de su ausencia. La huella sobre la arcilla miserable donde posó ligeramente su pie. Allá iríamos, a postrarnos en ese resto, en ese futuro fósil. Compondríamos cantos y oraciones a esa terrible ausencia, a esa huella petrificada.

***

El poeta, en los trasuntos del amor, acaba reaccionando más o menos igual a las apariciones misteriosas. El amor aparece, también una presencia inabarcable y confusa, en nuestras vidas. Toca también nuestra carne endeble y la deja marcada. El amor deja huellas por todo nuestro cuerpo impactado y en la arcilla del corazón humano. Se suele marchar tan misteriosamente como vino.

Y allá va el poeta, a tomar moldes de yeso de las huellas del amor, como si fueran huellas de Pie Grande. Eso son sus versos: la experiencia místico-amorosa cristalizada, petrificada. Y así la reciben sus lectores, con escepticismo, con sorna. Pues algo hay de falso siempre en la poesía y, desde luego, la posibilidad de un fraude.

Hombre, ésa no es la huella del amor, dirán de algunos versos, te la hiciste a ti mismo. Es más, puede que ni exista el amor, y si existe, no creo que te lo encuentres.

***

Esa posibilidad de engaño no está en la poesía de Diego Rodríguez. Releyendo su poemario, encuentro en el título una clave que en las primeras lecturas me sonó más a ocurrencia que a otra cosa. A fulanita de tal y otras ausencias.

Diego es consciente de una gran verdad, una verdad turbia, sobre los menesteres del amor/desamor. Las huellas que los amores nos dejan son anónimas, se confunden. La marca de los besos o la cicatriz del desencuentro, ¿quién puede, en su propia memoria pasional, organizar tal cosa, hacer inventario de cada huella? El autor, aun cuando asigna un nombre a determinados recuerdos, sabe que el lector no lo hará y cuenta con ello. Sabe que los nombres del desamor son intercambiables, que la memoria amorosa es no lineal. Las mujeres de Diego Rodríguez son una ausencia anónima y omnipresente. Son un territorio desconocido y sensual, presencias oníricas, sordas receptoras de una plegaria o una queja amarga. Son apariciones angélicas que han dejado huellas interminables e inclasificables en la arcilla de su corazón. Su canto, su poesía, es a la vez ofrenda e intento de recapturarlas de alguna forma.

***

Conocí a Diego Rodríguez como debe conocerse a un poeta: a través de sus palabras recitadas por él mismo, en unas remotas ya Horas de Junio. Sus versos destacaban por su fluidez, por su sencillez y honestidad. También, hay que decirlo, que el abanico de su léxico apenas comenzaba a abrirse con el ejercicio de la poesía.

  • Su primer poemario A fulanita de tal y otras ausencias posee la maravilla y el horror de unos primeros pasos en la palabra escrita: la arrogancia de querer abarcarlo todo, los tropiezos en algunos versos, algo de vértigo y extravío. Pero todo es auténtico, hay auténtico dolor y auténtica soledad y auténtica rabia. El amor es delirio, memoria, sueño de fiebre e incertidumbre. Y también es una huella, sábanas que se enfrían en una silueta anónima que solo podemos llenar de poesía. Y esto es lo hay en este libro: poesía.

Leave a reply