A 135 años del nacimiento de Porfirio Barba Jacob: algunas anécdotas contadas por José Z. Tallet

Foto: Josefa Rojas.

Reinaldo García Blanco

Hace unos días, los fraternos amigos Rosa García y Josué de Quezada, desde Bogotá, me han traído de regalo el libro Siete poetas colombianos. Antología. Selección y notas de Guillermo Alberto Arévalo. Bajo el sello editorial de Panamericana Editorial Ltda. Lindo modo de volver a acercarme a los textos de Rafael Pombo, Julio Florez, José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, Luis Carlos López y José Eustasio Rivera.
Esta lectura me ha llevado de la mano a Cosas jocosas en poesía y prosa de la vida de José Z. Tallet (Letras Cubanas, 2007), del recientemente desaparecido Fernando Carr Parúas y transcribir algunas anécdotas en torno a la vida y obra de Porfirio Barba Jacob (Santa Rosa de Osos, Antioquía, Colombia 29 de julio de 1883- Ciudad México, México, 14 de enero, 1942).

Ahí van:

Me tomaron por ladrón…
Un día de la década del veinte, en que me encontraba sin trabajo, me reuní con dos bardos amigos míos: el poeta nicaragüense Eduardo Avilés Ramírez y el vate colombiano Porfirio Barba Jacob. En otras palabras, era una reunión de literatos latinoamericanos de prestigio… o también se pudiera decir así: tres muertos de hambre.
Ese día no teníamos qué comer, y decidimos pedirle dinero a otro amigo, siempre magnánimo: el médico doctor Juan Antiga y Escobar. Se decidió que la «picada» la diera Avilés, que era experto en esas lides.
Al llegar cerca de la casa de Antiga, nos quedamos en la esquina Barba y yo, y desde ahí mirábamos a hurtadillas para ver si Avilés regresaba, de su labor pedigüeña. Y así, a cada rato, se repetían las miradas, asomándose primero Barba y después yo, una y otra vez.
Pero cuál no sería nuestra sorpresa cando vimos que desde el otro lado de la acera se acercaron dos hombres, y l estar junto a nosotros el carné dela policía secreta.
Nos pidieron que nos identificáramos. Y entonces le contesté indignado que YO era ¡periodista! Y que me acompañaba el gran poeta Barba Jacob, y que estábamos allí esperando a otro amigo, y con énfasis le subrayé, como si se tratara de un gran dignatario: «! El ciudadano nicaragüense señor Avilés Ramírez! » Que había ido a casa del afamado (que sí lo era) doctor Juan Antiga, gran amigo suyo, a saludarlo.
A lo que contestaron los policías:
―Perdonen ustedes, caballeros; pero es que hay tantos muertos de hambre por ahí haciendo de las suyas, y es que por aquí ha habido en estos días algunos robos. Excúsennos, caballeros.
La caja de cigarros
[…] En Cuba, los exiliados venezolanos de aquella época vivían casi todos en una casa de la avenida Monserrate, en la capital […] Con ellos también vivía un indio venezolano de una fortaleza descomunal, quien se había dado a atender las tareas domésticas y que era un gran fumador. […] Otro de los asiduos era el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob…
[…] Ya he explicado que Barba tenía varios defectos, entre otros, era asiduo a fumar mariguana. Y sucedió que un día dejó olvidada una cajetilla de cigarrillos en la casa de Monserrate, que, en realidad, era desea hierba tóxica. Peo sucedió que el indio encontró la cajetilla y se fumó, casi uno tras otro, los cigarrillos. Horas más tarde volvió Barba para recuperar su vicio y supo que el indio se lo había fumado todo, y ¡tal como si nada!, no se había dado cuenta que aquello no era tabaco. ¡No digo yo si aquel indio tenía una fortaleza poco común!…

Barba Jacob. Todo él una aventura
En el año 1942 escribí en la revista Grafos un pequeño artículo de quien fuera mi amigo, el poeta Barba Jacob, que recientemente había fallecido en México, y lo titulé «Barba Jacob: perdulario genial».
[…] Quien fuera conocido con el nombre de Porfirio Barba Jacob, era el mismo al que también se le conoció con otros antes: Maín Ximénez, después, Ricardo Arenales; y últimamente, Porfirio Barba Jacob. Pero ninguno de estos nombres fue su verdadero nombre, eran seudónimos que utilizó […] Su verdadero nombre era Miguel Ángel Osorio…
[…] Barba visitó Cuba en cuatro oportunidades: el 1908, en 1915, en 1925 y en 1930. Yo lo conocí en su tercera visita; me lo presentó mi amigo el poeta nicaragüense Eduardo Avilés Ramírez en un café de la Plaza del Polvorín. Cando Avilés lo llamó «Arenales» Barba le advirtió que no lo llamara nunca más así, pues «ese Arenales» había muerto poco antes para siempre.
Recuerdo cómo iba vestido ese día: pantalón de paño negro y saco de dril blanco, pero me maravilló, y no lo niego, aquella «petulantería» de fumar dos cigarrillos al unísono; entre el índice y el dedo del medio de su mano derecha sostenía con estudiado ademán un cigarrillo blanco y otro negro.

Un perfecto descarado
[…] En su tercer viaje a la Isla vivió durante mucho tiempo en el Hotel Mc Alpin, que después se llamó Mi Chalet, convertido en casa de huéspedes, que estaba, si mal no recuerdo, muy cerca de la bahía habanera. El dueño de este lugar era un hombre bastante maduro, un negro robletón coronel del Ejército Libertador, que a la sazón ocupaba el cargo de capitán jefe del Servicio de Recogida de Basura de La Habana. El coronel era muy afable y bastante crédulo, y tenía fama de buen marido y magnífico padre; se ocupaba de pagar los caros estudios musicales de su hija, quien, al andar de los años, llegó a ser una cantante muy famosa.
… Barba se pasaba el tiempo en charlas y conversaciones con el coronel; le decía que pronto le pagaría los gastos, y le hablaba de la alta calidad de la voz de la hija, de lo íntegro que era el coronel y volvía a «darle vaselina» acerca del pago de la deuda, que cada vez era mayor.
[…] Cuando se refería al coronel, Barba decía: «!ese negro es un mirlo blanco!»…
[…] pero, repentinamente, murió el coronel, y acto seguido la viuda le pidió al poeta que pagara su cuenta de varios meses y como este no disponía de dinero, lo botó.
[…] nos dimos a la tarea de conseguir otro lugar donde alojarlo: en otra casa de huéspedes sita en la calle Perseverancia. Allí vivió unos cuantos meses y tampoco abonó el pago correspondiente. Pero eso fue cuando se iba a marchar para Suramérica y él convino con el dueño en firmarle varios pagarés de cinco pesos cada uno, para irle enviando poco a poco lo que le adeudaba… y se marchó […] Cuando volvió, en 1930, una de las primeras cosas que hice fue preguntarle si había pagado aquella deuda, le dije:
― ¿Usted recogió los pagaré?
Y me contestó! No, hombre, no! Deber haberlos vendido como autógrafos y les habrán sacado bastante dinero.
Ya en su cuarta visita, volvió a las mismas andadas.

Vivía en el hotel Roosevelt, del centro de la Habana, y debía cerca de trescientos pesos. En eso, el administrador del lugar le invitó a firmar un cheque sin fondo, un cheque falso, y Barba, ni corto ni perezoso, accedió sin pararse a mirar las consecuencias judiciales que podría acarrearle aquella firma.
Y así sucedió; el administrador procedió judicialmente, y fue necesaria la intervención de amistades influyentes. […] pero el gerente quiso ser amable y se despidió amablemente del poeta, y hasta le pidió el autógrafo. Y comentaba Barba Jacob: « ¿Habrase visto descaro? ¡Pedirme el autógrafo! ¿Qué más autógrafo que el cheque que le di hace días?»
[…] Barba Jacob hacía gala de su odio por el cine, pero aceptó ir una vez a uno- no recuerdo quien lo invitó-; más, al llegar a la puerta de entrada, díjole a su invitante:
―Deme usted el importe de mi boleto y si mucho se empeña, otro día me convida.

Una limosnita al mejor poeta de Colombia
[…] En aquella fecha había salido a la palestra una nueva agencia de noticias, creo recordar que era la United Press […] esa agencia noticiosa quiso ofrecer antes que nadie la noticia de la « muerte» de Barba Jacob y así la lanzó estando vivo.
Pero barba salió de su agonía y no murió. Y no puedo hacer memoria por qué causas él aprovechó «su muerte» y aquello quedó así… Mas, al poco tiempo, llegó a Cuba […] Solo traía 150 miserables dólares que se los gastó en cuatro orgías en las dos primeras semanas.
A algunos él les dijo que ese dinero provino de una lotería que su hermana Mercedes se sacó. […] me confesó que su hermana no lo socorrió, mientras ella disfrutaba de muy buena vida y gastaba bastante dinero…[…] para que yo conociera cuánta necesidad pasó allá, también me hizo partícipe de un secreto (aunque después lo dijo a varios más): Había tenido que implorar caridad a la puerta delos templos. Me dio que pedía así: «Por favor, dele una limosnita al mejor poeta de Colombia »

Una venganza al estilo Barba Jacob
[…] fue a pedirle cierta vez un favor a determinado político, quien de forma descompuesta casi ni quiso oírlo y, al final se lo negó…. Sucedió que tiempo después el político legó a la localidad donde vivía Porfirio y necesitad de alguien que le escribiera un manifiesto, le recomendaron que se lo encargara a nuestro amigo, que por aquel entonces se hacía llamar «Ricardo Arenales»…lo hizo en párrafos cortos, y así, cada párrafo tenía impresa su letra capitular en caracteres bien grandes, de tal suerte que se leía, como en los acrósticos, verticalmente: «ESTO ME LO ESCRIBIÓ RICARDO ARENALES».
Un bello jardín
[…] En Guatemala, vivía en la casa de una señora muy decente y fina que, necesitad de mayores ingresos, se vio obligada a alquilar una habitación. Desde el principio las relaciones fueron muy buenas, pues Barba sabía ganarse a todo el mundo. Además, él se le ofreció a la señora para ayudarla en mantener arreglado un jardín amplio que tenía la casa, al frente, y que el descuido lo había convertido en un yermo.
[…] Un buen día, la señora regaba su jardín y vio que por detrás de las rejas, afuera, en la acera, la observaba con detenimiento un señor elegante a quien ella conocía de vista, pues vivía algo cerca y por allí era sabido que ostentaba el cargo diplomático de cónsul de México en Guatemala. Ella lo miró despacio, pensando preguntarle qué se le ofrecía, pero no tuvo que hacerlo, pues el que inició la conversación lo fue él:
― Buenos días, señora. Estaba viendo el jardín. ¿Usted misma lo cultiva?
― ¿Por qué me hace la pregunta? ¿Le gusta? Ha quedado muy bonito, ¿no es verdad? Pero, no; lo cultiva un inquilino que tengo en mi casa…
― Pues, sepa usted, querida señora, que su inquilino se lo ha sembrado todito de mariguana.
¡Vaya disgusto que cogió la señora, después que salió de su asombro!

Reinaldo García Blanco (Sancti Spíritus. 1962). Poeta y escritor radial cubano. Ha publicado entre otros: Perros blancos de la aurora (Editorial Orientes, 1994); Adiós naves de Tarsis (Ediciones Vigía, 1995); Instrucciones para matar un colibrí (Ediciones Santiago, 2002 y España, Diputación de Córdoba-Ediciones Unión, 2004); Campos de belleza armada (Ediciones Unión, 2007), ganador del Premio Casa de las Américas 2017, en el género de Poesía, por su poemario “Esto es un disco de vinilo donde hay canciones rusas para escuchar en inglés y viceversa”.

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